Margarita O. y Gabriel, sentados frente a la ventana, miran caer la lluvia. Están en silencio, con los ojos en pegados en las calles húmedas. Fiona Apple en la radio y un incienso quemándose junto a la puerta.
Margarita O. se siente feliz. Le gusta pasar el rato con Gabriel. Los silencios dicen más que mil palabras, piensa mientras se sonríen.
- Me dio frío – dice Margarita O. – Iré por una manta. ¿Quieres una?
- Usemos la misma- responde. Algo de coquetería hay en su invitación.
Se levanta y camina hacia la pieza. Siente algo extraño, una especie de cosquilleo en la panza. Margarita O. no puede creer que Gabriel esté con ella, que sean amigos, que sea real. Ya no se sentía tan sola. ¿Hace cuánto que no sonreía como ahora? Si su mamá la viera, si todos la vieran.
Margarita O. toma una manta. Es de cuadros azules y blancos, bien gruesa, bien calentita. Es la manta perfecta para este miércoles tan lluvioso y frío.
-Oye, ¿no crees que te estás apresurando mucho? – dice el pony rosado desde la cama-
- No empieces. No estoy haciendo nada malo – contesta doblando la manta. Pareciera más grande de lo que es.
- Tú sabes a lo que me refiero – insiste, erguido y rosa desde la cama. Es un pony entrometido – El amor puede ser peligroso, Margarita O. Yo que tú me voy con cuidado-
- De qué amor me hablas, por favor – responde enojada. De verdad que es demasiado entrometido – Somos amigos, buenos amigos y nada más. ¿No te metas quieres?-
- Te recuerdo que el que recibe tus lágrimas y mocos soy yo. Tengo todo el derecho – dice.
Margarita O. lo mira feo, muy feo. Da media vuelta y se va. Ahí sentado de espaldas a ella sigue Gabriel. Se ha soltado el pelo. Liso cae hasta sus hombros. Su espalda parece dibujada. Todo el cuadro de él, la ventana y la espalda parece una pintura. La mejor, la suya, la que siempre esperó.
Camina y vuelve a sentarse. No dicen nada, sólo sonríen. Margarita O. extiende la manta. Gabriel abre todavía más las cortinas y luego acerca su silla a ella. Mucho, demasiado.
- Hace demasiado frío como para estar tan lejos – dice y la abraza con su brazo derecho.
Margarita O. se sonroja. Gabriel se sonroja. No dicen nada, pero ella reclina su cabeza en su hombro. Desde la pieza, escucha los comentarios entrometidos del pony rosado.